1-

Sin la soledad, el Amor no permanecerá mucho tiempo a tu lado.

Porque el Amor también necesita reposo, para poder viajar por los cielos y manifestarse de otras formas.

Sin la soledad, ninguna planta o animal sobrevive, ninguna tierra es productiva durante mucho tiempo, ningún niño puede aprender sobre la vida ni ningún artista consigue crear, ningún trabajo puede crecer y transformarse.

La soledad no es la ausencia de Amor, sino su complemento.

La soledad no es la ausencia de compañía, sino el momento en el que nuestra alma tiene la libertad de conversar con nosotros y ayudarnos a decidir sobre nuestras vidas.

Por tanto, benditos sean aquellos que no temen la soledad. Que no se asustan con la propia compañía, que no se desesperan en busca de algo con lo que ocuparse y divertirse o a lo que juzgar.

Porque el que nunca está solo ya no se conoce a sí mismo.

Y el que no se conoce a sí mismo pasa a temer el vacío.

Pero el vacío no existe. Un mundo enorme se esconde en nuestra alma, esperando a que lo descubramos. Está ahí, con su fuerza intacta, pero es tan nuevo y tan poderoso que nos da miedo aceptar su existencia.

Porque el hecho de descubrir quiénes somos nos obligará a aceptar que podemos ir mucho más allá de lo que estamos acostumbrados. Y eso nos asusta. Mejor no arriesgar tanto, ya que siempre podemos decir: «No hice lo que tenía que hacer porque no me dejaron.»

Es más cómodo. Es más seguro. Y, al mismo tiempo, es renunciar a la propia vida.

¡Ay de aquellos que prefieren pasar la vida diciendo «Yo no tuve la oportunidad»!

Porque cada día que pase se hundirán aún más en el pozo de sus propios límites, y llegará un momento en el que ya no tendrán fuerzas para escapar de él y encontrar de nuevo la luz que brilla en el hueco que está sobre sus cabezas.

Y benditos los que dicen: «Yo no tengo coraje.»

Porque ésos entienden que la culpa no es de los demás. Y tarde o temprano encontrarán la fe necesaria para afrontar la soledad y sus misterios.

 

Y, para aquellos que no se dejan asustar por la soledad que revela los misterios, todo tendrá un sabor diferente.

En la soledad descubrirán el amor que podría pasar desapercibido. En la soledad entenderán y respetarán el amor que partió.

En la soledad sabrán decidir si vale la pena pedirle que regrese, o si debe permitir que ambos sigan un nuevo camino.

En la soledad aprenderán que decir «no» no siempre es una falta de generosidad, y que decir «sí» no siempre es una virtud.

Y aquellos que estáis solos en este momento no os dejéis asustar nunca por las palabras del demonio, que dice: «Estás perdiendo el tiempo.»

O por las palabras, aún más poderosas, del jefe de los demonios: «No le importas a nadie.»

La Energía Divina nos escucha cuando hablamos con los demás, pero también nos escucha cuando estamos en silencio y aceptamos la soledad como una bendición.

Y, en ese momento, Su luz ilumina todo lo que está a nuestro alrededor y nos hace ver lo necesarios que somos, cómo nuestra presencia en la Tierra es decisiva para Su trabajo.

Y, cuando conseguimos esa armonía, recibimos más de lo que pedimos.

Y aquellos que se sienten oprimidos por la soledad deben recordar: en los momentos más importantes de la vida siempre estaremos solos.

Como el bebé al salir del vientre de la mujer: no importa cuántas personas estén a su alrededor, es suya la decisión final de vivir.

Como el artista ante su obra: para que su trabajo sea realmente bueno, tiene que estar callado y escuchar sólo la lengua de los ángeles.

Igual que nos encontraremos un día ante la muerte, la Dama de la Guadaña: estaremos solos en el más importante y temido momento de nuestra existencia.

Así como el Amor es la condición divina, la soledad es la condición humana. Y ambos conviven sin conflictos para aquellos que entienden el milagro de la vida.

 

2- Después de reflexionar un poco, el Copto continuó:

 

Nadie puede volver atrás, pero todos podéis seguir adelante.

Y mañana, cuando el sol salga, será suficiente con repetirse a uno mismo:

Voy a ver este día como si fuese el primero de mi vida.

Veré a mi familia con sorpresa y asombro, alegre por descubrir que están a mi lado y que compartimos en silencio algo llamado amor, de lo que mucho se habla y poco se entiende.

Pediré permiso para acompañar la primera caravana que aparezca en el horizonte, sin preguntar hacia dónde se dirige. Y dejaré de seguirla cuando algo interesante me llame la atención.

Pasaré ante un mendigo que me pedirá una limosna. Tal vez se la dé, tal vez crea que se la va a gastar en bebida y siga adelante. Y, cuando escuche sus insultos, entenderé que ésa es su forma de comunicarse conmigo.

Me cruzaré con alguien que está intentando destruir un puente. Tal vez intente impedirlo, tal vez entienda que lo hace porque no tiene a nadie que lo espere al otro lado y, de esa manera, procura espantar su propia soledad.

Lo miraré todo y a todos como si fuese la primera vez, sobre todo las pequeñas cosas, a las que me he habituado olvidando la magia que las rodea. Las dunas del desierto, por ejemplo, que se mueven con una energía que no comprendo porque no puedo ver el viento.

En el pergamino que siempre llevo conmigo, en vez de anotar cosas que no puedo olvidar, escribiré un poema. Incluso sin haberlo hecho nunca e incluso si no vuelvo a hacerlo, sabré que tuve el coraje de convertir mis sentimientos en palabras.

Cuando llegue a una aldea que ya conozco, entraré por un camino diferente. Iré sonriendo, y los habitantes del lugar comentarán: «Está loco porque la guerra y la destrucción han dejado la tierra estéril.»

Pero seguiré sonriendo porque me agrada que piensen que estoy loco. Mi sonrisa es mi manera de decir: «Podéis acabar con mi cuerpo, pero no podéis destruir mi alma.»

Esta noche, antes de partir, me voy a dedicar a poner en orden el montón de cosas para las que nunca tuve paciencia. Y acabaré descubriendo que en ellas hay un poco de mi historia. Todas las cartas, todas las notas, recortes y recibos adquirirán vida propia y tendrán historias curiosas —del pasado y del futuro— que contarme. Tantas cosas en el mundo, tantos caminos recorridos, tantas entradas y salidas en mi vida.

Voy a ponerme una camisa que suelo usar siempre y, por primera vez, voy a fijarme en la manera como la cosieron. Voy a imaginar las manos que tejieron el algodón y el río en el que nacieron las fibras de la planta. Voy a entender que todas esas cosas ahora invisibles forman parte de la historia de mi camisa.

E incluso las cosas a las que estoy acostumbrado —como los zapatos que se convirtieron en una extensión de mis pies después de mucho usarlos— se verán revestidas del misterio del hallazgo. Puesto que camino hacia el futuro, él me ayudará con las marcas que quedaron después de tropezar cada vez en el pasado.

Que todo lo que toque mi mano, mis ojos vean y mi boca pruebe sea diferente, aunque siga igual. Así, todas esas cosas dejarán de ser naturaleza muerta y pasarán a explicarme por qué están conmigo durante tanto tiempo. Y manifestarán el milagro del reencuentro con emociones que la rutina ya había destruido.

Probaré el té que nunca bebí porque me dijeron que era malo. Pasearé por una calle por donde nunca pasé porque me dijeron que no tenía nada de interesante. Y descubriré si quiero volver.

Quiero ver por primera vez el sol, si mañana hace sol.

Quiero ver hacia dónde caminan las nubes, si el tiempo está nublado. Siempre creo que no tengo tiempo o no me fijo lo suficiente. Pues bien, mañana me voy a concentrar en el camino de las nubes o en los rayos del sol y en las sombras que producen.

Encima de mi cabeza hay un cielo y, a lo largo de miles de años de observación, toda la humanidad ha tejido una serie de explicaciones razonables respecto de él.

Pues voy a olvidar todas las cosas que he aprendido acerca de las estrellas, y se transformarán de nuevo en ángeles, o en niños, o en cualquier cosa que me apetezca creer en ese momento.

El tiempo y la vida me han dado muchas explicaciones lógicas para todo, pero mi alma se alimenta de misterios. Necesito el misterio, ver en el trueno la voz de un dios enfurecido aunque muchos lo consideren una herejía.

Quiero llenar mi vida de fantasía otra vez: un dios enfurecido es mucho más curioso, aterrador e interesante que un fenómeno explicado por sabios.

Por primera vez voy a sonreír sin culpa, porque la alegría no es un pecado.

Por primera vez voy a evitar todo lo que me hace sufrir, porque el sufrimiento no es una virtud.

No me voy a quejar de la vida diciendo: da todo igual, no puedo hacer nada para cambiar. Porque estoy viviendo este día como si fuera el primero y voy a descubrir con él cosas que nunca he sabido que estaban ahí.

Aunque ya haya pasado por los mismos sitios infinidad de veces y haya dicho «Buenos días» a las mismas personas, hoy mi «Buenos días» será diferente. No serán palabras educadas, sino una manera de bendecir a los demás. Deseo que todos comprendan la importancia de estar vivos incluso cuando la tragedia nos ronda y nos amenaza.

Me voy a fijar en la letra de la canción que canta el músico en la calle, aunque la gente no lo escuche por tener el alma asfixiada por el miedo. La canción dice: «El amor reina, pero nadie sabe dónde está su trono. / Para conocer el lugar secreto, primero tengo que someterme a él.»

Y voy a tener el coraje de abrir la puerta del santuario que lleva hasta mi alma.

Quiero verme a mí mismo como si fuera la primera vez que estoy en contacto con mi cuerpo y mi alma.

Quiero ser capaz de aceptarme como soy. Una persona que camina, que siente, que habla como cualquier otra, pero que a pesar de sus defectos tiene coraje.

Quiero admirar mi gesto más sencillo, como hablar con un desconocido. Mis emociones más frecuentes, como sentir la arena tocándome la cara cuando sopla el viento que viene de Bagdad. Los momentos más tiernos, como contemplar a mi mujer durmiendo a mi lado e imaginar lo que está soñando.

Y si estoy solo en la cama, me acercaré a la ventana, miraré al cielo y tendré la certeza de que la soledad es una mentira: el Universo me acompaña.

Entonces habré vivido cada hora del día como una constante sorpresa para mí mismo. Este Yo que no fue creado ni por mi padre, ni por mi madre, ni por mi escuela, sino por todo lo que he vivido hasta hoy, lo que olvidé de repente y ahora estoy descubriendo otra vez.

 

 

Y aunque éste sea mi último día en la Tierra, lo aprovecharé al máximo, porque lo viviré con la inocencia de un niño, como si lo estuviera haciendo todo por primera vez.